De palabras, silencios y escándalos
Dice mi mamá que no se hablar, que al igual que mi abuelo, no se poner en palabras mis deseos y sin embargo es evidente cuando algo no me gusta. Le doy la razón, me gusta que me adivinen, que me conozcan, me gusta ser de pocas palabras. Además siempre se hizo lo que me abuelo quizo, y nunca tuvo que pedirlo (todavía me falta perfeccionar mucho la técnica, pero ahí voy).
Mis ojos, ellos son muy distintos, son escandalosos, no se cayan ni siquiera cuando los cierro. Son rependejos, no saben mentir, no saben ser un poco hipócritas, ni siquiera saben ser discretos. Claro que oirlos tiene su chiste, algún despistado puede confundir una mirada de pasión con una de enojo (nomás porque ambas tiene el ánimo de cacería con las pupilas cerradas). Pero eso sí, que buenas son las pláticas entre ojos (ese silencio tan escandaloso, ¡guau!).
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